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Las aguas formaron parte de la religión celta, como procesos rituales en los que el medio acuático era considerado morada de algunas divinidades, bien ligado a su simbolismo como elemento purificador salutífero o en el contexto de ritos de paso o de transición al MÁS ALLÁ.

Estrabón (IV,1, 13) recoge una cita de Posidionio ( S.I a C.) sobre la existencia de lagos sagrados, donde se hallaban depositados diversos tesoros; Lucano menciona un lugar sagrado cerca de Marsella donde se depositaron imágenes de madera. Suetonio narra cómo durante una visita del futuro emperador Galba a Cantabria un rayo cayó sobre un lago, hallándose en él las 12 hachas, signo del poder imperial.

En Irlanda pensaban que todos los ríos de la isla nacían de la fuente de Connla, situada en el MÁS ALLÁ y que proporcionaba el don de la poesía a quien comiera los salmones que surcaban sus aguas.

Las excavaciones arqueológicas han confirmado la existencia de algunos de estos ritos en lugares como Gales o fuentes del Sena, lugares donde acudían peregrinos en busca de recuperar la salud por medio de la divinidad a la que se consagraba el lugar, arrojaban a las fuentes imágenes de madera con forma humana o de las partes del cuerpo afectadas por la enfermedad, llamados exvotos.

También eran depósitos de armas y de otros objetos metálicos, que han sido hallados en ríos como el Támesis (Gran Bretaña); en Thiele (Suiza); o el Miño en Galicia (España). También en lagos como el de la Téne (Suiza) o en fuentes como el caso del tesoro de Duchkon (República Checa), esta costumbre, se remonta al periodo conocido como Bronce final (1200-700 a.C.), contexto votivo, se trata de ofrendas realizadas a la divinidad de un rito de tránsito, con objeto de santidad y contenido sacrificial. Los ecos de este ritual aparecen en algunos relatos medievales del ciclo artúrico.

El concepto del agua aparece también vinculado a ritos de paso, así ha sido interpretado en el contexto de los monumentos conocidos como “Pedras formosas”en el noroeste de la Península Ibérica.

Bibliografía:

-Almagro-Gorbea y Álvarez Sanchis, 1993.

-Bradley, 1990.

-Alberto Lorrio, 1993.

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